Hacía tiempo que quería escapar de la ciudad unos días y por fin, ese momento había llegado.
Bien temprano cogí la carretera rumbo hacia el norte.

Durante dos días recorrí hermosos pueblos empedrados y poco poblados. Disfruté de la comida, de la amabilidad de sus habitantes, de la tranquilidad, y de la paz… (A esto lo llamo yo: “tiempo para mí y solo para mí”)…

Regresaba a Madrid cuando vi un cartel que mostraba un lugar del que había oído hablar y visto fotos, así que decidí parar para ver con mis propios ojos aquella hermosura… Las calles eran preciosas, todas adoquinadas. Las casas de piedra y pizarra. Aquella tarde había niebla, lo que daba un encanto especial a aquel lugar.
Me crucé con algunos vecinos, que extrañados por mi presencia, me saludaban amablemente… Y ahi andaba yo disfrutando del camino en silicio, cuando de pronto oí mi nombre. – ¿Ana?. Me giré para ver quien era, pero no lo conocía, sin embargo, él si parecía conocerme a mí. Se acercó lentamente y me dijo quien era. No podía creérmelo. ¡Qué casualidad!... Continuamos juntos paseando hasta la plaza del pueblo, donde decidimos refugiarnos del frío en un pequeño café…
Charlamos y charlamos durante varias horas, hasta que mi inesperado amigo me propuso ir a un lugar que ansiaba conocer. Solamente lo había visto en foto, pero desde ese instante, quise visitarlo.

Era tarde y hacía frío, pero nos daría tiempo a ir y volver…
Comenzamos la marcha por un enorme prado entre risas, y palabras… El campo estaba verde, estaba recio, y con un aroma delicioso a tierra mojada mezclado con ese característico olor a chimenea…
Llevaríamos media hora caminando, cuando enormes gotas de lluvia invadieron nuestro camino, así que rápidamente salimos corriendo. No se veía nada, y el suelo se embarraba por momentos. Iba más pendiente de no caerme que otra cosa, hasta que de pronto nos
paramos. Miré al frente y allí estaba. No era como lo había imaginado, porque apenas se veía por la lluvia, pero era ese hermoso lugar…
Corrimos hacia el pequeño refugio para buscar cobijo. Hacía frío y estábamos calados hasta los huesos…

Había leña seca, y una pequeña chimenea. Estábamos salvados…

Cuerpos húmedos,
ropas mojadas,
despojadas en el suelo…

Sentí tu piel con la mía
en la oscuridad.

El crepitar del fuego,
rompió el silencio…
y tímidamente,
rozaste mi cuerpo.

Intuiste mi frío…
y me rodeaste con tus brazos.

Desnuda tu piel con la mía,
salada pasión contendida
en dulce placer convertida.


La última estrofa no es mía. La he cogido de un comentario que me hizo Celemín. el autor. La fotografía es suya tambien.